Insomnio: dos oes en tu nombre que son como dos ojos abiertos, desvelados, sin párpados, sin pupilas, fijos en la nada del techo vacío. Círculos inútiles entre los altibajos de tu eme y tus enes equivalentes a máximos y mínimos de tu encefalograma desbocado. Otra noche igual, los cachivaches mentales se agolpan en mis sienes, sin orden, caóticos, intercambiables como las piezas de un rompecabezas sin una solución lógica. Ideas absurdas se apelotonan, se superponen sin conseguir salir hacia algún lugar donde volcarse a través de mi lengua, de mis dedos, como ahora mismo un cardumen de tequieros no pronunciados que explotan en mi cabeza sin puertas de salida. Ni ventanas. Entelequia variable, las olas nunca son la misma ola, eterno vaivén, ahora la ola me lleva caminando por la ladera de una montaña que nos une, tú en el levante y yo en el poniente, no hay que subir pendientes, sólo caminar por la curva de nivel hasta encontrarte sin conocerte, es fácil, y luego tomarte de la mano y subir a la cima de la montaña, ya estamos subiendo. Las cimas de las montañas son como los orgasmos paralizados de la geofísica, y a partir de ellas todo es cuesta abajo, un mirarse a los pies para no tropezar, desaparecen los cielos, surge la oscuridad de lo profundo y del regreso. Aún es de noche, eso sí lo sé, o lo intuyo porque mi piel reptiliana no obedece, no responde, sólo mi mente bulle chof chof en un confuso caldo tridimensional y laberíntico. Mi piel de lagarto necesita el calor del sol para funcionar, o el calor de tu piel, o el calor de una piel, los calores son todos el mismo, un concepto termodinámico, una definición, qué líos se cuelan por los entresijos de mi inconsciencia o de mi locura insomne que todo lo mezcla en un cocktail imposible de beber. Mañana, o dentro de un rato, cuando la noción del tiempo inexistente haya desaparecido, cuando me levante sin haber dormido ni velado, cuando mi piel reptiliana empiece a dominar sobre mi mente, me habré olvidado de lo que ahora escribo entre visualizaciones inciertas de papeles desordenados, muñequitos de trapo, la esquina verde de la pantalla de mi portátil, un resguardo del banco y algún lápiz despistado. Entonces ya serán las siete y media, perfectamente identificables en el reloj de mi mesilla, los tictacs del tiempo real no mienten.
Siempre me pasa igual.
(Foto: lagartija roquera en La Najarra, sierra de Madrid)





