Cuando se hubieron apagado las últimas luces de la navidad ―fiestas que odiaba y que pasó escondido en lo más profundo de su bosque mental inaccesible―, reapareció caminando recto entre los setos de aligustre hasta alcanzar la fuente de los tres apóstoles. Salió luego a la superficie, torció dos calles a su derecha, tres a la izquierda y luego otra a la derecha hasta enfilar el paseo marítimo. Aquí embocó la calle ancha, que siguió por su bulevar central, sorteando los chiringos protegidos del sol con sombrillas de colores, la mayoría verdes (alguna morada, desentonando). Salió por el pórtico de la victoria y embocó la calle de la izquierda. Se detuvo en el semáforo y, cuando verde, atravesó la avenida hacia el parque. Al llegar al párking torció por la bocacalle de la derecha y cruzó la avenida por el paso subterráneo (no utilizó la rampa para discapacitados sino las escaleras adyacentes). Entró en el parque por la puerta de los emigrados y tomó el primer camino de la derecha. Continuó luego durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Salió de la plaza por la puerta de san ginés, tomó la calle adyacente y siguió recto un cacho.
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lunes, 6 de febrero de 2017
lunes, 30 de enero de 2017
El hombre que levantaba muros
Fabricaba muros. Y los distribuía a su antojo por los terrenos. Así separaba ―decía― los conejos bajitos, feos y renegríos del sur de los puros conejos blancos del norte. Un día, el muro que transportaba sobre su espalda se derrumbó y él quedó sepultado. Ahora los restos de aquel último muro se han transformado en un camino florido por el que conejitos de todos los colores circulan libres, de arriba abajo, de abajo arriba, de aquí pallá, de allá paquí.
lunes, 24 de octubre de 2016
Espiga
Se sienta cada ocaso frente a la pared desnuda y mira ascender sobre su cama, tan vacía como ella, el lento reflejo de la ventana enrejada situada a su espalda, aguardando que el azar o la parábola caprichosa dibujada por un sol velado alcance, al fin, la espiga de libertad que un día dibujó con lágrimas y sangre sobre el frío yeso.
(Foto: sombra de ventana creciente sobre horizonte de cama deshecha)
lunes, 17 de octubre de 2016
Necesito enamorarme otra vez
Desde que mi última novia me abandonó para volver con su marido ―el colmo de la infidelidad, mis cuernos más infames― me hallo sumido en un estado confuso de indolencia, vagancia, paraqueísmo, indiferencia. Ningún olor de ninguna mata de ningún monte, olido en cualquier caminata sin pensamientos, me recuerda el olor de ninguna piel pretérita. Ningún perfume, ni siquiera el farala aspirado al cruzarme con una mujer en una calle sin nombre, me transporta a ropas desvestidas, a cabellos despeinados. Ninguna luna contemplada a una hora que ya no es mágica me trae el reflejo risueño de ninguna mirada que en ese momento me busca con afán desde lejos. Mi atrapabesos, extendido en lo alto de ese cerro que podría contar tantas historias olvidadas, hoy solo atrapa mosquitos, moscardas y moscardones. Ni siquiera me detengo a recoger esa concha azul en la playa desierta, entre lagrimillas de nostalgia, para colgarla de un cuello hoy seguramente desnudo o vestido con conchas ajenas.
No sé, quizás necesito enamorarme otra vez, volver a ese estado de flotamiento inconsciente, de pensamiento obsesivo, volver a creer que es ella cada pitido wasapero de mi móvil hoy casi mudo. ¿O no…? No se está tan mal siendo dueño absoluto de tu tiempo, tus aficiones, tus chalaúras, esos entes inmateriales que también tienen su aquel, su alma, su olor, su sexo, y que siempre están ahí para acogerte con los brazos y los labios abiertos, sin preguntas, sin respuestas, sin reproches.
(Foto: concha azul en la playa de Ponte do Porco)
lunes, 10 de octubre de 2016
Picoesquinas (continuación 5)
Cuando ya nadie pensaba en él (o pensaba poco o no le importaba lo que le hubiera ocurrido) se lo vio atravesando los soportales de la plaza mayor en dirección a la fuente central, cuya agua rebelde le salpicó los zapatos. Aquí torció a la derecha y continuó hasta la parada del autobús (el cincuenta y dos concretamente), donde aguardaban dos hombres (uno parecía extranjero) y siguió hasta la puerta del híper. No entró. Hizo un giro a su izquierda y continuó por la alameda. Cruzó luego el paso de peatones detrás de la señora del carrito de la compra, a la que adelantó justo antes de llegar a la otra acera. Continuó durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Al llegar al párking torció por la bocacalle de la derecha y cruzó la avenida por el paso subterráneo (no utilizó la rampa para discapacitados sino las escaleras adyacentes). Alcanzó la cafetería del viñales y torció a su derecha. Continuó la calle hasta el chino de la esquina y entró en el parque por la puerta de los emigrados. Salió de nuevo a la superficie y enfiló el paseo marítimo pasando por el pórtico de la victoria y caminó doscientos metros (doscientas diecinueve yardas al cambio). Embocó la calle ancha, que siguió por su bulevar central, sorteando los chiringos protegidos del sol con sombrillas de colores, la mayoría verdes (alguna morada, desentonando). Se detuvo en el quinto semáforo, para cruzar, y continuó por la calle perpendicular. Salió de la plaza por la puerta de san ginés y tomó la calle adyacente. Siguió después recto entre los setos de aligustre hasta alcanzar la fuente de los tres apóstoles. Cruzó dos avenidas y cuatro calles más, hasta llegar a la plaza a la que accedió por la puerta porticada y atravesó, de noroeste a sudeste, el espacio enlosado prohibido a los coches, esquivando la estatua ecuestre y a los comensales sentados en las terrazas, repletas a esa hora. Se detuvo en el semáforo y, cuando verde, atravesó la avenida hacia el parque. Llegó hasta la puerta del serbal, que atravesó para salir del parque, y siguió por la calle que delimita el gran jardín. Cruzó las tres calles siguientes y torció, en la cuarta, a su izquierda. Luego dobló la esquina y giró a la derecha donde la tienda de ultramarinos. Al llegar al chaflán del anís del mono siguió recto un cacho.
lunes, 4 de julio de 2016
Cavernómico
Y de pronto la paz, la liberación de los pensamientos obsesivos, el cese del amontonamiento de las ideas que se precipitan, se enlazan, se revuelven unas contra otras anudándolo todo, ocultando y distorsionando una realidad mucho más simple aunque enmascarada por tanta vuelta y revuelta, tanto cuarto y mitad, tantos zurullos y jumas, pero siempre la duda, el temor de que todo vuelva a suceder en otro revoltijo asíncrono y cavernómico de difícil desenmarañamiento.
(Foto: arco iris una mañana camino de Palencia)
lunes, 27 de junio de 2016
Equinóptero
La máquina del tren frenó más violentamente de lo ordenado ―quizás algún equinóptero cruzó la vía―, los bujes chirriaron impotentes, el piñón del diferencial se pandeó, crujieron los engranajes planetarios, la corona cónica se espiralaba, se retorció entre lamentos el resorte de Belleville, chillaron con gritos agónicos el portador, el pistón del freno y la maza, chispas... Los vagones se precipitaron con estruendo unos contra otros. Los pasajeros fueron sacudidos, violentados, y una mujer de falda azul que en ese momento se hallaba caminando por el pasillo ―venía del bar de comer algo, creo, eran las dos de la tarde― no pudo sujetarse, cayó, rodó por el pasillo y se detuvo finalmente en postura grotesca a los pies del sacerdote que fingía leer su breviario.
(Foto: el túnel de la vieja estación de Calasparra)
lunes, 18 de abril de 2016
Picoesquinas (continuación4)
Continuó durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Siguió hasta la cafetería del viñales y allí torció a su derecha, luego a su izquierda. Se detuvo en el semáforo y, cuando verde, atravesó la avenida hacia el parque. Siguió recto entre los setos de aligustre hasta alcanzar la fuente de los tres apóstoles. Luego dobló la esquina y siguió por la acera de la derecha. Cruzó las tres calles siguientes y torció, en la cuarta, a su izquierda. Entró en el parque por la puerta de los emigrados y tomó el primer camino de la derecha. Al llegar al párking torció por la bocacalle de la derecha y cruzó la avenida por el paso subterráneo (no utilizó la rampa para discapacitados sino las escaleras adyacentes). Salió de nuevo a la superficie, torció dos calles a su derecha, tres a la izquierda y luego otra a la derecha hasta enfilar el paseo marítimo. Cruzó el paso de peatones detrás de la señora del carrito de la compra, a la que adelantó justo antes de llegar a la otra acera. En la sexta bocacalle giró a su derecha, dos bocacalles más adelante a su izquierda y, al llegar al chaflán del anís del mono, de nuevo a su izquierda. Aquí torció de nuevo a su izquierda y embocó la calle ancha, que siguió por su bulevar central, sorteando los chiringos protegidos del sol con sombrillas de colores, la mayoría verdes (alguna morada, desentonando). Al rato se lo vio atravesando los soportales de la plaza mayor en dirección a la fuente central, cuya agua rebelde le salpicó los zapatos, y siguió recto un cacho.
lunes, 11 de abril de 2016
Picoesquinas (continuación3)
Torció entonces a la derecha, y después, donde la tienda de ultramarinos, a su izquierda. Salió de la plaza por la puerta de san ginés y tomó la calle adyacente. Se detuvo en el quinto semáforo, para cruzar, y continuó por la calle perpendicular. Atravesó después el pórtico de la victoria y embocó la calle de la izquierda. Luego continuó durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Siguió la calle hasta el chino de la esquina y aquí torció a su derecha. Llegó a la puerta del serbal, que atravesó para salir del parque y siguió por la calle que delimita el gran jardín. Salió a la superficie y giró dos calles a su derecha, tres a la izquierda y luego otra a la derecha hasta enfilar el paseo marítimo. Continuó hasta la cafetería del viñales y allí torció a la derecha, luego a la izquierda. Entró en el parque por la puerta de los emigrados y tomó el primer camino. Al llegar al párking torció por la bocacalle de la derecha y cruzó la avenida por el paso subterráneo (no utilizó la rampa para discapacitados sino las escaleras adyacentes). En la sexta bocacalle giró a su derecha, dos bocacalles más adelante a su izquierda y, al llegar al chaflán del anís del mono, de nuevo a su izquierda. Cruzó las tres calles siguientes, torció, en la cuarta, a su izquierda y siguió recto un cacho.
martes, 22 de marzo de 2016
Un mes
Hoy hace un mes murió Mariajesús, "Paradeliña".
Unos cuantos de sus amigos bloqueros nos comprometimos a recordarla en esta fecha, publicando algo en nuestras respectivas ventanitas virtuales. Sé que algunos lo habéis hecho. Y yo no quiero ser menos.
Unos cuantos de sus amigos bloqueros nos comprometimos a recordarla en esta fecha, publicando algo en nuestras respectivas ventanitas virtuales. Sé que algunos lo habéis hecho. Y yo no quiero ser menos.
Una de las muchas iniciativas de esta inolvidable galleguiña consistió en organizar un concurso literario entre sus comentaristas. El concurso consistía en tomar una o varias fotos de las que publicaba en su blog y redactar cada semana, durante un mes, un relato breve inspirado en las fotos. Luego seleccionó un relato de cada participante y editó y nos regaló un precioso libro recopilatorio. Yo escribí un relato, con motivo de aquel concurso, que creo refleja muy bien el carácter de esta mujer tan independiente, vital y rebelde. El relato lo llamé "el tornillo" y me lo inspiró una foto que publicó Mariajesús de ella hurgando en el depósito de aceite de su cortahierbas. Ahí va
EL TORNILLO
Miré sorprendida la hierba de la parcela. Estaba muy alta, llovió mucho en primavera. Decidí segarla. Arranqué el corta-hierbas al quinto intento, como siempre, y comencé a arrastrar el ruidoso cacharro, arriba y abajo. Mis dos caballos, Chupa y Cisco, me miraban; siempre me miran cuando me ven zascandilear por allí. Olía a hierba segada.
¡Qué a gusto estoy en este lugar! Hace tiempo rompí amarras, dejé la ciudad, sus ruidos, sus prisas, sus malos humores, sus malos amores, su congestión, y me vine a vivir aquí, sola, ante la incomprensión general. —Estás "zumbá", te falta un tornillo— me decían. Aquí me he hecho huertana, mecánica, agricultora, ganadera, jardinera, hasta tengo una piscina para nadar unos largos. Y mis caballos. Y un perro. Y un tractor. Y cantidad de amigos para los que siempre hay un cacho de empanada, una botella de vino, una palabra y una sonrisa. Soy una mujer feliz.
¡Qué a gusto estoy en este lugar! Hace tiempo rompí amarras, dejé la ciudad, sus ruidos, sus prisas, sus malos humores, sus malos amores, su congestión, y me vine a vivir aquí, sola, ante la incomprensión general. —Estás "zumbá", te falta un tornillo— me decían. Aquí me he hecho huertana, mecánica, agricultora, ganadera, jardinera, hasta tengo una piscina para nadar unos largos. Y mis caballos. Y un perro. Y un tractor. Y cantidad de amigos para los que siempre hay un cacho de empanada, una botella de vino, una palabra y una sonrisa. Soy una mujer feliz.
En esas cosas iba yo pensando cuando las aspas de la máquina hicieron un ruido extraño, como de haber chocado con algo, y se caló el motor después de toser dos veces. Cisco no dejaba de observarme. Chupa no; me suele observar menos. Levanté el cacharro por un lateral y ví el motivo de la avería: un tornillo, grandote, había pegado contra las aspas. Lo cogí y lo miré pensando de dónde podía proceder ¿Del tractor? No, el tractor tenía todos los tornillos en su sitio.
Entonces recordé... me toqué la cabeza y, un poco por encima de la oreja izquierda, disimulado entre el pelo, palpé el hueco. Allí podía caber el tornillo. Lo aproximé al boquete, apoyé el borde, empecé a roscar, y comprobé que encajaba a la perfección. Apreté a fondo. Cisco y Chupa me seguían mirando, algo perplejos pero no tanto, están acostumbrados a verme hacer cosas raras.
Con el tornillo ya apretado, mis pensamientos cambiaron. Me sentí más otra, menos yo, más grey, menos personal, más infeliz, más incómoda, peor... Me asusté. Sin dudarlo un instante, desenrosqué el tornillo y lo lancé violentamente por encima de la valla que me separa del vecino, el de las gallinas. Espero no volver a encontrarlo jamás (y no haber matado alguna gallina del tornillazo) Volví a arrancar el motor al quinto intento, como siempre, y seguí con mi faena, satisfecha, liberada y canturreando el veinte de abril de los Celtas Cortos. Cisco no dejaba de mirarme.
(Fotos realizadas por María Jesús y usurpadas de su blog "Paradela de Coles")
lunes, 14 de marzo de 2016
La frase
La frase resbaló, cayó del libro que leía al distraer ella su atención mirando el somormujo de la laguna inexistente. Las letras quedaron esfaratás, unas sobre su falda oscura ―las más livianas―, otras en sus pargates de cáñamo, algunas en el suelo alrededor de la silla de enea donde se sentaba la vieja. Las recogió con esmero y esfuerzo ―la artrosis―, procurando no perder ninguna. Las mezcló como mejor pudo, intentó recomponer la frase perdida pero le fue imposible. La frase había muerto o quizás ―pensó― había diseminado en los terrones resecos y germinaría allí algún día. Cerró el libro, alzó su mirada hacia la no laguna. El somormujo había volado.
sábado, 27 de febrero de 2016
Líneas rojas
Los politiquillos grises anodinos, soberbios, prepotentes, inútiles transportan sus líneas rojas. Exigir, no pasar, prohibir. Al final inundan el espacio, lo traban, lo enmarañan de tal manera que son incapaces de desenredarse, de adoptar una solución solidaria y generosa desbloqueante. Detrás, la ciudadanía a la que dicen representar, mucho más inteligente, funciona bien a pesar de ellos, ajena a y harta de su poltronafilia, de su incompetencia y de sus banderas.
lunes, 22 de febrero de 2016
Los elfos
Hoy quiero rendir homenaje a unos seres pequeños que habitan en los bosques, o en las casas. Son los elfos.
Los elfos son espíritus de la Naturaleza. Pueden ser tristes, vengativos, antipáticos, amistosos o bromistas dependiendo de lo que quieran conseguir, de su estado particular de ánimo o de las condiciones climáticas del lugar donde se encuentran. Tienen tamaños diferentes, pudiendo algunos ser tan diminutos que se cobijan bajo una brizna de hierba, o entre el musgo. Generalmente no están sujetos a las leyes físicas que conocemos los humanos. Pueden viajar instantáneamente de un lugar a otro, o desaparecer de repente.
Siempre ha sido difícil para los humanos ver algún elfo. Los niños, los poetas y algunas personas que están en paz con su entorno natural son los únicos que han podido entrar en contacto con ellos.
Hay tres tipos de elfos: los de la luz, los de la penumbra y los de la oscuridad.
Voy a describir uno cualquiera de ellos, por ejemplo, los Ellefolk. Los Ellefolk son elfos de la luz y pueden viajar con mucha facilidad a través del aire, del fuego, de la madera y de las rocas. Las hembras son rubias, cabalgan sobre los rayos del Sol y, aunque tienen la espalda hueca, son hermosas y seductoras. Los machos prefieren sentarse en el límite del bosque, disfrutando con la luz de la mañana. Son más pequeños que las hembras y llevan sombreros de anchas alas.
Yo creo que hace unos días vi un elfo. Estaba sentado sobre una peña en el monte, dibujando gambusinos, cuando oí el sonido de algo que corría entre la hojarasca. Miré y vi saltando una especie de bicho humanoide con un sombrerillo rojo. Fue un instante, pero tuve tiempo de hacer un esbozo en el papel que refleja más o menos el aspecto que presentaba. Es el dibujo que aparece arriba. Mirando luego en mi guía de elfos y hadas, creo que se trata de una de las numerosas especies de folleti que existen en los bosques mediterráneos. Pero en realidad no sé si era un elfo; quizás no lo fuera pues, aunque estoy en paz con mi entorno natural, aún no he alcanzado la categoría de poeta ni mucho menos la de niño.
lunes, 8 de febrero de 2016
Picoesquinas (continuación2)
Torció a su izquierda y embocó la calle ancha, que siguió por su bulevar central, sorteando los chiringos protegidos del sol con sombrillas de colores, la mayoría verdes (alguna morada, desentonando). Continuó la calle hasta el chino de la esquina y aquí torció a su derecha, y después, donde la tienda de ultramarinos, a su izquierda. Entró en el parque por la puerta de los emigrados y tomó el primer camino de la derecha. Caminó doscientos metros (doscientas diecinueve yardas al cambio), atravesó tres calles y torció a su izquierda. Allí hizo un giro a su izquierda de nuevo y continuó por la alameda. Continuó durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Salió por el pórtico de la victoria y embocó la calle de la izquierda. Cruzó dos avenidas y cuatro calles más, alcanzando la plaza. Entró por la puerta porticada y atravesó, de noroeste a sudeste, el espacio enlosado prohibido a los coches, esquivando la estatua ecuestre y a los comensales sentados en las terrazas, repletas a esa hora. Siguió recto entre los setos de aligustre hasta alcanzar la fuente de los tres apóstoles. Luego dobló la esquina y siguió por la acera de la derecha. En la sexta bocacalle giró a su derecha, dos bocacalles más adelante a su izquierda y, al llegar al chaflán del anís del mono, de nuevo a su izquierda. Aquí torció a la derecha y continuó hasta la parada del autobús (el cincuenta y dos concretamente), donde aguardaban dos hombres (uno parecía extranjero) y siguió hasta la puerta del híper. No entró y siguió recto un cacho.
lunes, 25 de enero de 2016
El atrapador de nubes
Se subía a un perigallo con una pértiga de almez en la mano en cuyo extremo amarraba un capazo de esparto, de esos de recoger fruta. Y así pertrechado aguardaba pacientemente el paso de alguna nube. Recogía cúmulos, estratos, cirros, brumas. Luego las desmigajaba, las olía, las manoseaba ―acariciaba― y las dejaba cuidadosamente en el arroyo. Sabía que una mañana volverían a ser nubes.
Aquel día de tormenta alzó el perigallo entre la lluvia torrencial y el granizo, y cuando escampó ―el arco iris― no se lo veía, ni a él, ni la pértiga, ni el capazo. Había desaparecido entre truenos y relámpagos.
Un día despejado llovieron hebras de esparto y astillas de almez, pero nadie se dio cuenta.
Un día despejado llovieron hebras de esparto y astillas de almez, pero nadie se dio cuenta.
(Foto: cumulonimbo y ramilla de araucaria asomándose)
lunes, 11 de enero de 2016
Acostarme contigo
En estas fechas post-navideñas siempre hacemos propósitos para el año que comienza: leer más, ir al gimnasio, llamar a esa compañera de colegio que hace un siglo no vemos, pasar más tiempo con nuestros hijos, ir al teatro, yo qué sé.
Yo en el año 2016 tengo un propósito: acostarme contigo. No, no te hagas ilusiones, los hombres en cuanto os hablamos de acostamientos os ponéis insoportables. No es lujuria, ni ando necesitada, ni en celo, ni me fascina tu mirada o tu forma de caminar o tu bmw azul, no eres mi modelo sexual de hombre, no me pones, aunque tienes un pasar. Así que vuelve a abrocharte el cinturón.
Me refiero a acostarme contigo en uno de los sentidos que le da nuestro diccionario a esa palabra: arrimar nuestros costados. El arrimamiento puede consistir simplemente en estar juntos de pie un rato, en paralelo, de modo que mi costado derecho esté arrimado a tu costado izquierdo, o viceversa. No, vestidos. O en bailarnos una yenka, izquierda, izquierda, derecha, derecha, aquel baile frontal y asexuado. Aunque, puesta a elegir, prefiero hacer el arrimamiento en lo alto de una montaña, tumbados de espalda sobre la hierba, mirando el cielo azul, los cúmulos, los pájaros, las ramas de los pinos y el viento que hace huuuu.
Así que ya lo sabes, coge la mochila, el plumas (arriba hace frío) y vamos a la montaña. Yo te llevo el bocadillo de mortadela, tu bebida isotónica, mi ilusión y, si quieres, mi ternura.
(Mono: varias personas bidimensionales acostadas en el monte, y estrellas)
(Mono: varias personas bidimensionales acostadas en el monte, y estrellas)
lunes, 4 de enero de 2016
Picoesquinas (continuación1)
Al rato se lo vio atravesando los soportales de la plaza mayor en dirección a la fuente central, cuya agua rebelde le salpicó los zapatos. Salió por el pórtico de la victoria y embocó la calle de la izquierda. Caminó doscientos metros (doscientas diecinueve yardas al cambio), atravesó tres calles y torció a su izquierda. Cruzó el paso de peatones detrás de la señora del carrito de la compra, a la que adelantó justo antes de llegar a la otra acera. Aquí torció a la derecha y continuó hasta la parada del autobús (el cincuenta y dos concretamente), donde aguardaban dos hombres (uno parecía extranjero) y siguió hasta la puerta del híper. No entró. Torció a su izquierda y embocó la calle ancha, que siguió por su bulevar central, sorteando los chiringos protegidos del sol con sombrillas de colores, la mayoría verdes (alguna morada, desentonando). Al llegar al párking torció por la bocacalle de la derecha y cruzó la avenida por el paso subterráneo (no utilizó la rampa para discapacitados sino las escaleras adyacentes). Salió de nuevo a la superficie, torció dos calles a su derecha, tres a la izquierda y luego otra a la derecha hasta enfilar el paseo marítimo, que siguió recto un cacho.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Uva errante
Sostenía en la mano un cuenco de cristal con doce uvas. Era su primera vez. Estaba frente al televisor, con la familia. “Tienes que tomártelas ―le habían dicho― de una en una a medida que suenen las campanadas”. Y de pronto: “dong”, la niña se mete en la boca la primera uva; “dong”, la segunda. “Dong” a “dong”, la niña traga uva tras uva. Al coger la última, resbaló de su mano, cayó al suelo y siguió rodando, rodando. La niña se agachó, la perseguía, tenía que comérsela para cumplir el rito. La uva rebelde atravesó el umbral y salió al ribazo, donde se detuvo al pie de una mata de boj o de espliego, no recuerdo bien. La uva miraba a la niña con carita de. Entonces la niña dudó un instante… y decidió dejar la uva en aquel lugar, pensó que sería más feliz que en su barriguita, y que quizás allí podría tener hijitos y tralará.
La niña ha cumplido cincuenta años. Ha celebrado muchos treintaiunos de diciembre con diferentes hijos, esposos, amantes o en soledad. Pero desde entonces siempre, siempre, siempre ha dejado la última uva en un lugar donde pudiera ser libre, dueña de su voluntad, de su rumbo, de sus sueños y de sus pepitas.
(Dibujo: Uva Galáctica o Explosión uvística de San Silvestre)
(Dibujo: Uva Galáctica o Explosión uvística de San Silvestre)
lunes, 7 de diciembre de 2015
Secarral
La lluvia quiere caer
sobre la tierra reseca.
Pero la nube la arrastra,
la empuja hacia el mar
y entre sus olas la ahoga.
la empuja hacia el mar
y entre sus olas la ahoga.
Los terrones lloran
lágrimas de polvo amargo.
(Foto: llueve sobre el Mediterráneo)
lunes, 23 de noviembre de 2015
Picoesquinas
Luego dobló la esquina y siguió por la acera de la derecha. Cruzó las tres calles siguientes y torció, en la cuarta, a su izquierda. Continuó durante cinco bocacalles más, viendo de soslayo su imagen reflejada en los escaparates de los comercios, aún ―o ya― cerrados. Torció entonces a la derecha, y después, donde la tienda de ultramarinos, a su izquierda. Se detuvo en el semáforo y, cuando verde, atravesó la avenida hacia el parque. Entró en el parque por la puerta de los emigrados y tomó el primer camino de la derecha. Siguió recto entre los setos de aligustre hasta alcanzar la fuente de los tres apóstoles. Allí hizo un giro a su izquierda y continuó por la alameda. Llegó a la puerta del serbal, que atravesó para salir del parque, y torció a la derecha, siguiendo por la calle que delimita el gran jardín. Se detuvo en el quinto semáforo, para cruzar, y continuó por la calle perpendicular. En la sexta bocacalle giró a su derecha, dos bocacalles más adelante a su izquierda y, al llegar al chaflán del anís del mono, de nuevo a su izquierda. Continuó la calle hasta el chino de la esquina y aquí torció a su derecha. Cruzó dos avenidas y cuatro calles más, alcanzando la plaza. Entró por la puerta porticada y atravesó, de noroeste a sudeste, el espacio enlosado prohibido a los coches, esquivando la estatua ecuestre y a los comensales sentados en las terrazas, repletas a esa hora. Salió de la plaza por la puerta de san ginés y tomó la calle adyacente. Continuó hasta la cafetería del viñales y allí torció a su derecha, luego a su izquierda y siguió recto un cacho.
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