lunes, 20 de abril de 2009

Flor de jara, flor de un día.

La flor de jara nace de madrugada y, al atardecer del mismo día, deja caer sus pétalos, uno a uno, en vuelo silencioso, y se cierra sobre sí misma. Hace unos días me dediqué a observar la secuencia, sentado frente a una mata de jara (Cistus ladaniferus en este caso), fue una manera maravillosa de perder (¿ganar?) el tiempo. Os muestro el proceso en diez fotos, minuto a minuto.

17h 30 min. Los pétalos han perdido tersura, señal de que quieren desprenderse.

17h 40min. Ya han caído dos pétalos. Esta flor no es trasnochadora.

17h 45min. Sólo queda un pétalo.

17h 46 min. Cayó el superviviente. La flor sólo muestra los estambres y el pistilo.

17h 51min. Los sépalos empiezan a plegarse sobre los estambres y el pistilo.

18h 00min. Siguen plegándose.

18h 16min. Y siguen, y siguen cerrándose como un cofre mágico.

18h 25min. La cápsula se cierra del todo ¡plof! Dentro madurará el fruto hasta dispersar sus semillas en unas semanas.

...y el suelo se cubre de pétalos. Ya han cumplido su misión de señuelo visual y campo de aterrizaje para los insectos polinizadores. Pero sólo están dormidos. Dicen los que saben de estas cosas que esta noche, a la luz de las estrellas, bailarán la “danza de los pétalos de jara”, mientras los sapos de las charcas cercanas los acompañarán con palmas acompasadas y con sus coros de alegres croídos o croaquidos o como quiera que se llame el canto de los sapos. Pero ésa ya es otra historia.

10h 30 min del día siguiente. Los sapos se han ido, la cápsula sigue cerrada, mientras el capullo que había a su derecha, convertido también en flor de un día, se prepara para repetir el ciclo. La espiral mágica de la vida... sigue su curso.

(Fotos: jara pringosa en los Endrinales)

viernes, 17 de abril de 2009

lunes, 23 de marzo de 2009

Anestesia

Un segundo, un espacio que separa el tic azul celeste del tac noche dormida, sé que si llegara ese momento voy a pensar en ti, v-i-d-a, vida, dicen que luego, cuando despiertas, recuperas el pensamiento que te robó ese segundo, ese instante fugaz, por eso quiero pensar algo agradable y despertar sonriendo. Sí, voy a pensar en ti, v-i-d-a, sobre un escenario, yo estaré entre el público mirándote sin que me veas, y tú, espléndida, allí arriba, abrazando tu guitarra, sonriente, dinámica, rocanrolera, vital, mezclando tu voz rota con el sonido de las guitarras de tu grupo diluído entre humo... Y si me queda un poquico de tiempo de ese segundo mágico, que ya es pedir, pensaré también en una bandada de grullas que regresan a su primavera, siempre alegres, celebrando sus nuevos paisajes, la v-i-d-a, con sus gritos desgarrados de felicidad. Pero tendré que pensar deprisa, un segundo no da para muchas sinfonías...

(Foto: Grupo de grullas sobre Miraflores)

lunes, 16 de marzo de 2009

...undostrés, undostrés...

...vergen en caminos, en trochas, en senderos ya recorridos, a veces con tintas de otros colores que los hacen parecer diferentes, undostrés, undostrés, nuevos, azules, verdes, amarillos, pero son los mismos, nada se reinventa, la vida es cíclica, viene y va, va y viene, se repite, empieza donde sigue, continúa donde termina, gira en torno a un centro como un vals, tiovivo de parribas y pabajos y paisajes repetidos, undostrés, undostrés, espiral de cinco, seis, siete líneas que se reescriben constantemente y que parecen dibujar nuevos caminos, nuevas trochas, nuevos senderos que con...

(Foto: Campoamor)

lunes, 9 de marzo de 2009

lunes, 2 de marzo de 2009

Llegar a Paradela de Coles

Paradela de Coles es una escondida aldea gallega, cuya existencia yo no conocía hasta hace unas pocas semanas.

Es curioso el mundo de los blogs. Un buen día descubres que existen, que puedes crear el tuyo propio, y te decides a hacerlo. Eliges un diseño, y empiezas a volcar, en esa ventanita, tus impresiones, tus sentimientos, tus diadías, sin más pretensión que contarle al aire las cosas tuyas.

Y de repente, plop, aparece en tu blog el comentario de alguien, desconocido para ti, que te ha leído y tiene algo que decirte. Y resulta que ese alguien también tiene un blog en el que tú puedes intervenir. Y descubres que en la columna lateral del blog de ese alguien existen enlaces a otros blogs de otros álguienes, y vas pinchando aquí y allá, descubriendo nuevos blogs, nuevos aires, nuevas gentes, nuevas inquietudes.

Y ves que mucha de esa gente tiene tu misma sensibilidad, y también te decides a mandarles un comentario, y se crea una especie de brisa invisible, yo te leo tú me lees, yo te comento tú me comentas, yo te sonrío tú me sonríes. Es una especie de nueva amistad sin rostro. De ese modo he encontrado en esta ventanita rincones amables, paradelas de coles, que no sabía que existiesen y que poco a poco van calando en mi alma.

Lo difícil para mí es saber hasta dónde llegar. Subiendo y subiendo por las ramas del árbol bloguero, puedes encontrar cientos, miles de personas en todo el mundo con las que sientes afinidad y a las que te gustaría mandar un comentario. Pero eso obviamente es imposible, y te crearía una servidumbre que acabaría deshaciendo el encanto.

Pues eso, que me gusta este mundillo algo mágico de los blogs.

(Foto: Imagen de Paradela, de google earth)

lunes, 23 de febrero de 2009

Juan

Manos callosas expresivas, ojos pequeños color cielo, surcos labrados en el rostro por mil soles y mil vientos, Juan me habla, con la sabiduría que dan cincuenta años de contacto directo con el campo, de cornejales, de tempero, de nevazos, de fumigaciones, de tahúllas, de aperos, de albercoqueros, de escarda, de parás, de fanegas, de jornales, de azaones, de las helás, de las calores, de aciecas, de majencas, de caneos, de juma…. palabras y costumbres casi olvidadas que es un privilegio recordar contigo, Juan.

Con este texto quiero rendir un humilde tributo a todos los juanes que pasan su vida trabajando en el campo sin más reloj que el que marca el instante de la salida y de la puesta del sol, sin más afán que ver cómo surge cada primavera del suelo húmedo un brotecico tierno, o un borrón rojizo de la rama del almendro, sin más temor que arruinen la cosecha los hielos tempraneros o los pedriscos tardíos.

(Foto: Juan en Mayrena)

lunes, 16 de febrero de 2009

lunes, 9 de febrero de 2009

Lágrimas


Tu llanto efímero brota de tus ojos, sereno, limpio, sin gemidos. Moja tus pestañas, tus párpados, rueda por tu mejilla, cálido y templado, dulce y amargo, dibujando meandros de luna en tu rostro de terciopelo. Nunca supe dónde tu alma se vuelve líquida, dónde están tus manantiales, dónde se mezclan tu piel y tus simas. Tu llanto, tan difícil de ver, tan breve, tan sincero… pronto cesa y rebrota la alegría eterna de tu mirada inolvidable. Y tus penas quedan de nuevo aprisionadas en tu esencia, profundas, secretas, sólo tuyas…

(Foto: gota de riego en hoja)

lunes, 2 de febrero de 2009

La pluma estilográfica


A veces me gusta hurgar en el cajón de las nostalgias, buscar mi vieja pluma estilográfica, tomarla con mimo en mi mano derecha y sentarme frente a una cuartilla en blanco para intentar traspasar al papel cualquier idea, si viene. Es como volver al pasado, cuando no existían los ordenadores y sus fríos teclados.

Un papel en blanco es un mapa vacío que pide que lo llenemos de caminos azules. Y la estilográfica, el instrumento que nos posibilita crear y trazar esos caminos azules. La tinta de una pluma, o de un bolígrafo, contiene y nos regala todas las historias nunca contadas, aunque es difícil darle forma para extraer todo ese potencial. La tinta es rima y verso y arte tangibles, algo que nunca alcanzarán el teclado ni la pantalla ni los gigas del disco duro, que ni huelen a nada, ni puedes tocarlos, ni mancharte con ellos.

Recuerdo que, cuando era pequeño, en los pupitres de la escuela había unos tinteros de cerámica blanca. El olor a tinta lo invadía todo. Escribíamos mojando en esos tinteros unos palilleros en cuyo extremo insertábamos una plumilla. Las letras fluían, con algún borrón, en trazos de diferente intensidad según nuestro apasionamiento o nuestro estado de ánimo al escribir. Eran nuestras letras, de cada uno, redondotas o picudas, grandes o pequeñas, más o menos alineadas en renglones que subían o que bajaban, desiguales. Hoy eliges en el Word el tipo de letra, su tamaño, su color, y todos los renglones que escriba cualquier persona de cualquier lugar salen iguales, perfectamente rectos, sin borrones ni diferencia de intensidad en los trazos aunque le sacudas a la tecla de forma brutal. El teclado es insensible a la pasión. Impersonalidad.

Por eso me gusta desempolvar de vez en cuando mi vieja estilográfica y sacarla a pasear por cualquier papel en blanco, y ver cómo se desliza por él, dibujando con soltura oes, efes, erres, mayúsculas, tildes e incluso puntos y aparte. Pero ya no aguanto escribir con ella más de una página, me canso pronto y las frases se van haciendo más ilegibles a medida que aumenta el número de renglones. Y es que mis dedos ya no son lo que eran, no sé si por falta de práctica o por exceso de años.

Y al final, tengo que volver a guardarla y recurrir al teclado, a la pantalla, a la new roman, al justificado… y a los emoticones, esos absurdos muñequitos sustitutos de las emociones que las teclas son incapaces de transmitir.

(Foto: mi pluma y mi letra)