Me dijeron: "No vuelvas a beber ese agua, a saber qué gérmenes arrastra desde las rocas de la cumbre". Volví. Y bebí.
Me dijeron: "No vuelvas a acariciar aquella piel, no está hecha para tus manos, puedes arder". Volví. Y acaricié, ardí.
Me dijeron: "No vuelvas a comer esa fruta prohibida, la cultiva un diablo de ojos colorados". Volví. Y la comí.
Me dijeron: "No vuelvas a andar con esa gente tan rara, tan colgada, tan diferente, tan notú". Volví. Y anduve.
Me dijeron: "No vuelvas a mirar estrellas, son inútiles, no enseñan nada ni producen dineros". Volví. Y miré.
Y ahora que por fin nadie me apaliza con la murga de que no beba, ni acaricie, ni arda. ni coma, ni ande, ni mire, ahora que nadie me alecciona levantándome el dedo ejemplarizante, ahora que nada es pecado ni existen los remordimientos... ahora resulta que ya no puedo beber, ni acariciar, ni arder, ni comer, ni andar, ni mirar.
(Foto: instante previo a la ocultación de Aldebarán por la Luna la noche del 5 de febrero de 2017, en versión libre, loca, distorsionada y neurótica)