Cascada y laguna en la Rambla del Agua. Difícil de ver, por el acceso y porque suele estar seca, excepto algunas semanas durante las lluvias de primavera. La pasión por el agua en esta tierra tan sedienta siempre me emocionó. A esta rambla se la denomina "del agua" cuando en realidad se la debería llamar rambla de la piedra, o del espino negro, o del alacrán, que son los elementos que la adornan la mayor parte del año. Amor eterno al agua efímera.
lunes, 8 de agosto de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
Una aguja en un pajar (Concurso Paradela-agosto 2011)
Tenía siete años. Yo. Pasaba el verano en la finca de mi abuelo. La finca de mi abuelo tenía trigo. Y una era para la trilla. Y mulas. Y un pajar para guardar la paja.
Tenía un coche de juguete. Yo. Un morris, de hojalata, pequeño, de color verde, con ruedas redondas, como todas las ruedas. Me gustaba jugar con mi morris. Lo arrastraba por pasillos y caminos, mientras hacía brrmmm con la boca. De noche, lo aparcaba junto a mi cama, en el suelo. Lo miraba hasta quedarme dormido.
Una tarde fui a jugar al pajar. Con el morris en la mano. Estuve mucho rato, brrrmmm, me gustaba jugar en el pajar. Me llamó para merendar. El abuelo. Siempre llamaba para merendar. Cuando salía del pajar vi que no llevaba el morris en la mano. Disgusto grande, era un niño. Volví al pajar. Rebusqué. No encontraba mi cochecito de hojalata. Solo encontré una aguja, con una bolita de plástico negro en una punta. La miré. Una aguja en un pajar, pensé. Raro. Me gustaba la bolita. Pero no sabía jugar con una aguja, nunca podría sustituir a mi morris verde de ruedas redondas. La tiré a la paja. Sin rabia, nunca tiro las cosas con rabia.
Me seguía llamando para lo de la merienda. El abuelo. Salí. Me dio el bocadillo de chocolate con un dónde te habías metido. Miré al pajar no para responder sino para intentar comprender. Allí se quedaba para siempre mi morris. Y la aguja.
Desde entonces sueño muchas noches con el pajar. Bueno, muchas no, solo algunas.
(Foto robada a María Jesús -Paradela de Coles)
lunes, 1 de agosto de 2011
Brumas
Desde la cima del Cerro Gordo, hacia levante. Las crestas de las montañas se desperezan entre la bruma de la mañana aún fresquita. Pronto desaparecerán sorbidas por un sol implacable.
lunes, 25 de julio de 2011
La acequia
La acequia ("cieca") es el alma de Mayrena y de lo que fue la huerta de Caravaca. El agua que la alimenta surge de la Fuente de Mayrena, después de recorrer kilómetros de rocas profundas calizas. Cantarina, fresca, transparente; un regalo entre tanta aridez. De pequeño la utilizaba como pista de carreras de nueces cogidas de la noguera. Y siempre, para "abuzarme" a beber después de volver de los montes que la acunan.
jueves, 21 de julio de 2011
21.704
Lo he soñado esta noche. A menudo me ocurre, me despierto soñando y me levanto para escribir mi sueño antes de que desaparezca para siempre, diluido en las brumas de mi mente.
Una cumbre, un escorzo humano apoyado en una roca, cuatro manos, un abrazo. Luego, un pequeño prado situado en lo alto, al que el escorzo, las cuatro manos y el abrazo llegan apresurados desde la cumbre. Se les unen dos sonrisas, cuatro caricias, diez miradas. Un regreso al sendero. Tres buchitos de agua del arroyo. Los números, siempre los números.
Luego vienen dos mil doscientos setenta y siete espacios intermitentes de caricias, manos y sonrisas. La magia solo se mantiene si se la bebe a sorbitos. Pero nada es eterno, hasta la magia intermitente termina un día. Una lágrima amarga bajo la tela de hierba y, cerca, dos latas de cerveza, las últimas, vacías. No sustituíbles.
Y un número que se repite cada verano y que al final se convierte en un décimo de lotería de navidad que nunca toca.
Leo. Extraño sueño, ni yo lo entiendo, mezcla de olores, sabores, cifras, sentimientos que me sumergen en el caos de los cómos. Y de los números, siempre los números; me persiguen intentando hacerse humanos, sensibles. A veces lo consiguen, la matemática y la poética se unen en lo esdrújulo.
Mañana subiré despierto al prado soñado para intentar encontrar entre su hierba el crocus de mi realidad perdida. O de mi sueño reencontrado.
(Foto: prado y arroyo en la sierra de La Perdiguera, Madrid)
lunes, 11 de julio de 2011
El encuentro
Juan vivía en una ciudad situada al norte de la Sierra del Olvido. Era un hombre solitario. Alguna mujer hubo en su vida, pero su soledad enraizada, su independencia y su amor a la libertad siempre mataban la convivencia. Necesitaba una mujer que fuera como él, con sus mismos gustos y manías, soñaba con ella, la inventaba cada noche.
Nuria vivía en una ciudad situada al sur de la Sierra del Olvido. Era una mujer solitaria. Algún hombre hubo en su vida, pero su soledad enraizada, su independencia y su amor a la libertad siempre mataban la convivencia. Necesitaba un hombre que fuera como ella, con sus mismos gustos y manías, soñaba con él, lo inventaba cada noche.
Un domingo, Juan decidió subir a la sierra del Olvido. Le gustaba subir montañas. Se levantó temprano, se vistió la ropa verde oliva que le gustaba llevar en el monte, preparó la mochila azul, desayunó leche fría y cereales. En hora y media estaría en la cima.
Un domingo, Nuria decidió subir a la sierra del Olvido. Le gustaba subir montañas. Se levantó temprano, se vistió la ropa verde oliva que le gustaba llevar en el monte, preparó la mochila azul, desayunó leche fría y cereales. En hora y media estaría en la cima.
Juan ya veía el perfil del vértice geodésico de la cumbre. Llegaría y se sentaría en la piedra solitaria, desde la que le gustaba contemplar los valles y las llanuras lejanos.
Nuria ya veía el perfil del vértice geodésico de la cumbre. Llegaría y se sentaría en la piedra solitaria, desde la que le gustaba contemplar los valles y las llanuras lejanos
Juan remontaba la última cresta... y la vio: una mujer vestida de verde oliva, con una mochila azul, sentada de espaldas en la piedra solitaria. Sorprendido, se detuvo y se agazapó para no ser visto.
Así transcurrió un rato, ella sentada sin verlo, él mirándola en silencio.
Finalmente, Juan dio media vuelta y comenzó a bajar la montaña despacio, muy despacio, procurando no hacer ruido para no ser descubierto por aquella mujer que había usurpado su lugar.
(Foto: en la cima de Revolcadores - Murcia)
lunes, 4 de julio de 2011
El tornillo perdido (Concurso Paradela-Julio 2011)
Miré sorprendida la hierba de la parcela. Estaba muy alta, llovió mucho en primavera. Decidí segarla. Arranqué el corta-hierbas al quinto intento, como siempre, y comencé a arrastrar el ruidoso cacharro, arriba y abajo. Mis dos caballos, Chupa y Cisco, me miraban; siempre me miran cuando me ven zascandilear por allí. Olía a hierba segada.
¡Qué a gusto estoy en este lugar! Hace tiempo rompí amarras, dejé la ciudad, sus ruidos, sus prisas, sus malos humores, sus malos amores, su congestión, y me vine a vivir aquí, sola, ante la incomprensión general. —Estás "zumbá", te falta un tornillo— me decían. Aquí me he hecho huertana, mecánica, agricultora, ganadera, jardinera, hasta tengo una piscina para nadar unos largos. Y mis caballos. Y un perro. Y un tractor. Y cantidad de amigos para los que siempre hay un cacho de empanada, una botella de vino, una palabra y una sonrisa. Soy una mujer feliz.
Con el tornillo ya apretado, mis pensamientos cambiaron. Me sentí más otra, menos yo, más grey, menos personal, más infeliz, más incómoda, peor... Me asusté. Sin dudarlo un instante, desenrosqué el tornillo y lo lancé violentamente por encima de la valla que me separa del vecino, el de las gallinas. Espero no volver a encontrarlo jamás (y no haber matado alguna gallina del tornillazo) Volví a arrancar el motor al quinto intento, como siempre, y seguí con mi faena, satisfecha, liberada y canturreando el veinte de abril de los Celtas Cortos. Cisco no dejaba de mirarme.
(Fotos realizadas por María Jesús y usurpadas de su blog "Paradela de Coles")
(Fotos realizadas por María Jesús y usurpadas de su blog "Paradela de Coles")
lunes, 27 de junio de 2011
El escritor
Escribía. La pluma se movía ágil sobre la página blanca. Me asomé por encima de su hombro y leí lo que estaba escribiendo:
... como si en el engendramiento de los benjamines los padres pusieran siempre menos atención y empeño y fueran más negligentes a la hora de transmitirles las semejanzas, que quedan en manos de cualquier antepasado caprichoso...
Le pedí la pluma. Interrumpió la escritura, me miró y me la ofreció. La apoyé sobre mi papel, pensando que fluiría sola como la había visto fluir sobre el suyo. Pero no fluyó, se quedó estática, esperando quizá una orden de mi cerebro que no le llegaba. Solo me regaló un borrón, como imagen materializada de lo que le transmitía mi mente.
—¿Cómo se hace para escribir? —, le pregunté al escritor.
—Todo está escrito en los árboles, en sus hojas, en el viento, en el mar: solo hay que saber leerlo y pasarlo al papel—, me contestó.
Miré las hojas del rebollo que teníamos enfrente. Solo vi hojas. Y un insecto que pululaba entre ellas, quien sabe si también buscando alguna frase escondida en la fronda. Ninguna palabra, ninguna expresión. Hojas.
Le devolví la pluma al escritor, lo mío no es saber leer árboles, vientos o mares. Y me incliné de nuevo sobre su hombro. En su mano la pluma fluía de nuevo, libre:
...que de pronto ve la ocasión de perpetuar sus rasgos sobre la tierra y se inmiscuye para otorgarlos a quien aún no ha nacido, o mejor, al que está siendo concebido...
(Foto: hoja de rebollo, Miraflores. Textos en cursiva extraídos de “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías)
lunes, 20 de junio de 2011
La fase perdida
Es duro pasar sin transición de la luna llena a una luna inexistente, solo recordada. Sin recorrer antes una luna menguante que hubiera hecho más llevadero el tránsito. Me rebelo, pero la pasión debe de ser así. Aparece de golpe cuando no se la espera, y de golpe se esfuma, humo, dejando en su lugar oscuridad. Del diez al vacío, del rojo al gris, del todo al porqué. Y la esperanza de volver a gritar un nuevo creciente lunar en esa luna rota se diluye cada madrugada en lágrimas desesperadas, inútiles, sólidas, sin sentido ni futuro.
(Foto: rizo y lunar)
lunes, 13 de junio de 2011
La miraba a luna el que sapo
En charca vivía del arroyo, una del monte cerca. Absorto, hacia cada bocaza su noche miraba y asomaba del agua, fuera lo alto. Como los ojos tristes, si algo estuviera enamorado. Le preguntó al atardecer un zum libélula, se le acercó tan abstraído y verlo volando, una. Miras poeta, ¿luna la sapo?. Un dio, dijo el sapo la libélula y salto sí se comió.
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