lunes, 26 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad


Nació. En un pesebre. Abrió un ojillo, luego el otro. Y no le gustó lo que vio. Nada. 

Vio un carpintero y una virgen mirándolo extasiados. Vio una mula y un buey. Vio tres reyes magos que le traían incienso, oro y mirra ¿Para qué quería él el oro, el incienso y, sobre todo, la mirra, que no sabía ni qué era? Vio, fuera, pastorcillos, lavanderas en un río de papel de plata, borreguitos y un caganer en lo alto de una loma.

Se miró. Se vio un niño normal. Él no quería ser jesús, ni dios, ni cristo, ni espíritu santo. No quería ser adorado. Quería ser niño, sin más. Saltó del pesebre, montó precipitadamente sobre la mula y se largó a galope de allí. 

Aún lo andan buscando.

(Foto: entrada a una cuadra en el pueblo en ruinas de Retamalejo, Murcia)

lunes, 19 de diciembre de 2011

El ecogrifo


En estos tiempos de crisis hay que ahorrar como sea. Para contribuir a ese ahorro y que no se me cabree la merkel, he diseñado el “ecogrifo” o “grifo económico”. 

Su aspecto no difiere mucho del grifo tradicional: tiene su rosca para conectarlo a la red de cañerías y su llave para regular la salida del agua. La diferencia estriba en que mi “ecogrifo” no dispone de agujero de salida del agua. De este modo, por mucho que abramos la llave, el consumo de agua será cero, para indignación del Canal de Isabel II u otra compañía cualquiera, que nos cobran lo que les da la gana. Importante: la sensación de ahorro es mayor cuanto más se abra la llave, por eso se recomienda abrirla a tope. 

Lo vendo con libro de instrucciones en varios idiomas y, ¡si se lleva dos, le hago una rebaja del 40% en el segundo, oigaaaa!  

Me pienso forrar.

Nota: el ensanchamiento para evitar golpes de ariete ("AGAS" o "Anti Golpes de Ariete System") no sería en realidad necesario, como podría ratificar cualquier ingeniero hidráulico avezado. Lo he diseñado así para subir unos eurillos el precio final del engendro, no es lo mismo vender un "ecogrifo", a secas que un "ecogrifo con AGAS incorporado". El marketing es el marketing, y la pela, la pela.

lunes, 5 de diciembre de 2011

La horca


Ginés “tres tahúllas” acaba de llegar de la era. Ha dejado la horca, con la que ha estado aventando el trigo, apoyada en el muro de la almazara. Antes de reanudar la faena, almuerza magro con tomate sentado en el poyo de la puerta, bebe agua recogida de la cieca en una frasca de cristal embutida en traje ceñido de atocha y le da tientos a la bota de vino de Bullas. 

Hoy la era es una pista de tenis desvencijada, el trigo dejó paso a cuatro generaciones de cultivos diferentes, “tres tahúllas” lleva lustros convertido en terrón de tierra y la almazara apenas conserva su carcasa. Solo permanece la horca, mostrando orgullosa su cuerpo estilizado e indestructible de madera de alatonero.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Cinco pétalos (Concurso Paradela de Coles - Diciembre 2011)


Cuando tú no existías, yo subía al monte a buscar flores anónimas de jara. La flor de jara tiene cinco pétalos, y en el juego ingenuo del “me quiere, no me quiere”, siempre te da la respuesta que anhelas: “me quiere”. Yo practicaba el juego aun sabiendo -o porque sabía- el resultado de antemano; y volvía a mi casa con una sonrisa en los labios.

Un día me crucé contigo. Olías a jara. Dos miradas. Dos sonrisas. Y dejé de subir al monte a buscar flores de jara amañadas. Esa frase tan sencilla y que tanto me cuesta pronunciar, un “te” seguido de un “quiero”, surgía espontánea cada noche, como un susurro, de mis labios y de los tuyos, mientras nuestras pieles se fundían anegando sus fronteras.

Hoy, aquel susurro solo brota de mi garganta. Y rebota cada noche en tu espalda indiferente. Sé que el "te quiero" te lo dicen también otros labios, quizás tan sinceros como los míos, y que tú recoges las dos palabras y las devuelves como ayer hacías conmigo. Nadie me lo ha contado, pero hay pétalos que no mienten.

Por eso he vuelto al monte de las jaras. Ahora, cada pétalo lleva escrito tu nombre. Cojo una, dos, cien flores, las deshojo delicadamente y siempre obtengo la misma respuesta: ¡Me quiere! Sé que mienten, pero vuelvo ilusionado el día siguiente a recolectar las nuevas flores nacidas de madrugada. Y siempre, su mentira final que me obstino en creer.

Una noche, pronto, encontraré vacío tu lado de la cama. Siempre olerá a ti, a jara y monte. Colocaré sobre tu almohada mi última flor, esta vez con mi nombre escrito en cada uno de sus cinco pétalos. Y la dejaré allí, mezclada con tu esencia, por si apareces una madrugada y quieres deshojarla. No me importa esperar, ya sabes cuál va a ser la respuesta, esta vez real y surgida desde lo más profundo de lo que queda de mí.


(Foto: rosa del azafrán, tomada del blog Paradela de Coles. Esta flor tiene 5 + 1 pétalos, nunca debe ser elegida en el juego del mequiere-nomequiere, a no ser que deseemos no ser queridos, que a veces ocurre)


lunes, 28 de noviembre de 2011

lunes, 21 de noviembre de 2011

Frente a mí


Frente a mí, el mar; vacío, calmo, sin relieves. 
Una llamada inquietante. 

A mi espalda, valles, ríos, paisajes, caminos, gente. 
Los recorridos. 

Y en mi cuello, esta puta tortícolis que no me deja 
mirar hacia atrás.

(Foto: mar en la playa de la Glea)

lunes, 14 de noviembre de 2011

lunes, 7 de noviembre de 2011

Caricia


Arena (húmeda).
Espuma. 
Y antes, ola, marea, viento.



(Foto: espuma y arena, Campoamor)

lunes, 31 de octubre de 2011

Carretilla autotransportante


Es como una carretilla convencional a la que he añadido una especie de asiento para que sobre él reposen nuestras nalgas, haciendo así más cómodo el transporte (no se ve el asiento en el dibujo, puede ser un simple sillín de bicicleta). El funcionamiento es sencillo: se comienza empujando la carretilla por el método tradicional, y cuando empieza a moverse por el impulso de los brazos, ¡hop!, se da un salto hacia adelante y se sienta uno en el referido sillín. La carretilla nos dirige así cómodamente hacia el lugar donde esté situado el tajo.

lunes, 24 de octubre de 2011

El falo


La creación es el resultado de la unión de algo masculino con algo femenino y origina seres semejantes a sus creadores. La Creación dio lugar a los planetas, entre otros artilugios. Todo lo creado tiene que pertenecer, pues, al género masculino o femenino. Y los planetas, consecuentemente, también, por el mero hecho de haber sido creados. Hay planetas-macho y planetas-hembra.

Después de estas disquisiciones filosóficas que no sé si son un silogismo o una solemne gilipollez, paso a relatar algo que me sucedió hace unos años.

Andaba yo por esos montes leoneses buscando sapirujos y pensando en estas cosas de los planetas. Los sapirujos medran debajo de las hojas caídas de los robles y me gusta cogerlos mientras me miran con esos ojillos tan tiernos que tienen. Y de pronto, a mi izquierda, lo vi. El falo. El falo terráqueo que confirmaba mis teorías sobre la masculinidad de la Tierra. Me miró. Lo miré. 

—¿Eres el falo de la Tierra? —, le pregunté.
—Sí —, me respondió, escueto.
—¿Y qué haces aquí, tan enhiesto?
—Estoy esperando a la Luna llena, bebo los vientos por ella.

Lo imaginaba. La Tierra, macho, enamorado de la Luna, hembra. Decidí retirarme para no ser indiscreto, no me gusta interferir intimidades. Pero al volver la espalda, el falo me llamó:

—¡Oye, oye! —me dijo con voz triste y suplicante—. La Luna ya no quiere hacer el amor conmigo; dice que ando contaminado con tanta mierda química, espiritual y política que invade el mundo, que ya no soy lo que era y que teme que la contamine. Y que, o me pongo un preservativo o no vuelve a regalarme sus caricias.

Recordé el famoso slogan de “póntelo, pónselo”. Rebusqué en mi mochila; suelo llevar preservativos por si surge, detrás de una mata, alguna pastorcilla ávida de mimos mientras yo afano sapirujos. Encontré uno junto al bocata de sardinas. Le quité el envoltorio y se lo coloqué con sumo cuidado. Me despedí deseándole buena suerte y seguí buscando sapirujos, tan escasos últimamente, sobre todo los de ojos violetas.

A las cinco noches había Luna llena, según el calendario de Lunas llenas que siempre llevo en el bolsillo. Yo ya andaba lejos del lugar. Miré al cielo para verla pero estaba oscuro. Y continué removiendo hojas de roble, indiferente.

Y de pronto, vi cómo una espléndida Luna llena, rezogante, feliz, hermosísima, satisfecha, asomaba a mi espalda por el horizonte ya lejano donde se hallaba el falo terráqueo. Me la quedé mirando, fascinado, nunca había visto una Luna llena más hermosa. Y hasta me pareció oír, mientras se elevaba majestuosa sobre el horizonte, y traído por los bichos de la noche, el eco masculino de un ¡gracias! que desde entonces sigue resonamdo en mis sienes cada noche de Luna llena.

 (Foto: Seta “Phalus impudicus” en una sierra leonesa)

sábado, 15 de octubre de 2011

Quince de octubre


Estás desnuda, boca abajo. Tu espalda, antes fuego; ahora valle tranquilo, relajado. ¿Duermes? Quizá solo simulas hacerlo. Mis dedos, hasta hace unos minutos caricia eléctrica, recorren ahora con ternura el horizonte de tu piel, gris a esta hora de una madrugada sin matices. Te miro, miro tu perfil. Y espero en vano que asome, por el collado de tu espalda, aquella inolvidable luna llena, rota, que ya nunca volverá a ser mía.

(Foto: el collado de tu espalda)

lunes, 10 de octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

Tic tac (Concurso Paradela de Coles - Octubre 2011)


Hola, soy la esfera tic, 
el tiempo tac. 
Mis agujas llevan 
tic el pasado, 
el presente tic tac
y el futuro tac. 
Los tic son los pasados, 
tic tic tic, muchos. 
Los tac son los futuros, 
tac tac, menos. 
Y el presente, solo uno, 
tic, 
 el espacio inaprensible 
 entre un tic 
y un tac de tu tiempo, 
tic, efímero, 
a menudo perdido, tac. 
Tic tac tic. 

  (Foto robada a María Jesús. Paradela de Coles)

lunes, 26 de septiembre de 2011

Buscándome en ti


Quiero trepar por tu cuerpo 
enganchado a tu ladera, 
sentir el brazo invisible de la brisa que te envuelve, 
oler tu piel de romero, de espino negro, 
de espliego, de resina... 
de silencio,
saciar en tus manantiales mi ansia de poseerte, 
perderme en tus recovecos 
buscándome en ti, Mayrena.

(Foto: otoño en Mayrena)

lunes, 19 de septiembre de 2011

El hombre reciclado


¡Depilación por rayos láser!”, se leía en la pantalla de la telele sobre la imagen de un hombre sin vello que se enrollaba al cuerpo desnudo de una joven muy atractiva. “¡Por solo cuatro mil euros le garantizamos una depilación definitiva que le hará triunfar en su vida sexual y profesional!”, proseguía el anuncio entre jadeos y gritos femeninos de ¡sí!, ¡sí!

Se quedó pensativo durante un rato, prendido de la pantalla.

Cuatro días después no quedaba un pelo en su pecho, axilas, pubis, piernas y brazos. Se miró al espejo. Se palpó. No estaba muy convencido, se veía como una gallina sin plumas, o una liebre recién parida. “Pero esto es lo que se lleva —pensó—, y en este mundo tan mediatizado es imposible triunfar si no se sigue la moda”.

Aceptó su nuevo aspecto aunque le daba la impresión de estar en la piel de otro.

Aquello no fue más que el inicio de la orgía “estética”. Algún tiempo después decidió “hacerse” el labio superior; unas pequeñas arrugas impertinentes habían surgido allí y decidió eliminarlas. El cirujano plástico le sustituyó las arrugas por un morro rebosante de botox. Le picaba, le molestaba, le abultaba, no podía morder a gusto el bocata de calamares, pero las arruguitas habían desaparecido.

Luego vinieron los pectorales; los quería como los de un boxeador. Nueva operación, nuevas inyecciones de sustancias plásticas varias, nuevos chorros de dinero hasta conseguir lo que deseaba. Y las bolsas de los ojos ¿qué hacían en un cuerpo que empezaba a ser perfecto? Más rellenantes, más incisiones, más artificialidad, más moda.

Sus “defectos” se hacían más patentes a medida que aumentaban sus “perfecciones”. El vientre le colgaba, horror. Liposucción, inoculación, plastificación, suturación, idiotización, y barriga tipo tabla de chocolate, como la del hombre del anuncio. Finalmente, decidió siliconizarse los glúteos, que le quedaron como los de un corredor de 400 metros lisos.

Se miró una última vez al espejo. Satisfecho, decidió acudir temprano a la playa, cubierto solo por un tanga, para que la gente admirase el maravilloso cuerpo que había conseguido con tanto esfuerzo, artificialidad y dinero. Por fin se veía como un hombre-diez. El mundo y las mujeres se rendirían a sus pies. Lo decían los anuncios.

A esa hora la playa estaba casi vacía. Solo andaban por allí los de la limpieza del ayuntamiento, retirando la basura que había depositado la grey de bañistas el día anterior. Al verlo, los limpiadores se abalanzaron sobre él, recogedor de basura en ristre. Pensaban que era un detritus más que movía el viento. Él corría e intentaba gritar anunciándoles que era un hombre, pero le salía una voz gutural y aguda, parecida al sonido que emite una botella cuando soplamos por el gollete. Lo alcanzaron, lo apalancaron con el recoge-basuras, lo alzaron y lo lanzaron al camión donde, envuelto con los demás desperdicios, fue llevado rumbo a la planta de reciclaje.

Quizás hoy ha sido reconvertido en unas pocas botellas de plástico de esas que, una vez trasegadas, arrojamos al cubo amarillo para ser recicladas de nuevo.

Hay muchas maneras de alcanzar la inmortalidad.

lunes, 12 de septiembre de 2011

lunes, 5 de septiembre de 2011

El capazo


El capazo, confeccionado a mano con el esparto de las atochas del monte. En su día sirvió para contener la oliva recogida de las oliveras. O la almendra, que se pelaba y guardaba en trojes específicos. O los albercoques, colectados uno a uno desde lo alto del perigallo. Hoy cuelga de un clavo oxidado en la almazara gozando de una tranquila jubilación. Pero imagino que preferiría volver a rular de aquí para allá, recorriendo bancales de árbol en árbol, de guincha en guincha.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El escritor (Concurso Paradela - Agosto 2011)


Escribía. La pluma se movía ágil sobre la página blanca. Me asomé por encima de su hombro y leí lo que estaba escribiendo:

... como si en el engendramiento de los benjamines los padres pusieran siempre menos atención y empeño y fueran más negligentes a la hora de transmitirles las semejanzas, que quedan en manos de cualquier antepasado caprichoso... 

Le pedí la pluma. Interrumpió la escritura, me miró y me la ofreció. La apoyé sobre mi papel, pensando que fluiría sola como la había visto fluir sobre el suyo. Pero no fluyó, se quedó estática, esperando quizá una orden de mi cerebro que no le llegaba. Solo me regaló un borrón, como imagen materializada de lo que le transmitía mi mente.

—¿Cómo se hace para escribir? —, le pregunté al escritor.
—Todo está escrito en los árboles, en sus hojas, en el viento, en el mar: solo hay que saber leerlo y pasarlo al papel—, me contestó.

Miré las hojas del rebollo que teníamos enfrente. Solo vi hojas. Y un insecto que pululaba entre ellas, quien sabe si también buscando alguna frase escondida en la fronda. Ninguna palabra, ninguna expresión. Hojas.

Le devolví la pluma al escritor, lo mío no es saber leer árboles, vientos o mares. Y me incliné de nuevo sobre su hombro. En su mano la pluma fluía de nuevo, libre:

...que de pronto ve la ocasión de perpetuar sus rasgos sobre la tierra y se inmiscuye para otorgarlos a quien aún no ha nacido, o mejor, al que está siendo concebido...


(Textos en cursiva extraídos de “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías)


lunes, 29 de agosto de 2011

Destilando romero


Una antigua caldera de destilación de romero, espliego y otras plantas, hoy abandonada pero testimonial. Hasta hace medio siglo, se utilizaban estas calderas para destilar esencias de especies aromáticas, tan abundantes en la zona. Para abastecerlas, bajaban los mozos de la sierra con hatos de matas cortadas por ahí arribotas, a lomos de borricos.

lunes, 22 de agosto de 2011

El pueblo


Vista del pueblo de Caravaca desde el castillo. Al fondo, los Siete Peñones y el Cigarrón, tantas veces pateados.

lunes, 15 de agosto de 2011

La cima del Cerro Gordo


El Cerro Gordo es uno de los montes más representativos de Caravaca. En la cima hay un hito y un nombre grabado con la punta de una navaja. Y muchos recuerdos.

lunes, 8 de agosto de 2011

La cascada


Cascada y laguna en la Rambla del Agua. Difícil de ver, por el acceso y porque suele estar seca, excepto algunas semanas durante las lluvias de primavera. La pasión por el agua en esta tierra tan sedienta siempre me emocionó. A esta rambla se la denomina "del agua" cuando en realidad se la debería llamar rambla de la piedra, o del espino negro, o del alacrán, que son los elementos que la adornan la mayor parte del año. Amor eterno al agua efímera.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Una aguja en un pajar (Concurso Paradela-agosto 2011)


Tenía siete años. Yo. Pasaba el verano en la finca de mi abuelo. La finca de mi abuelo tenía trigo. Y una era para la trilla. Y mulas. Y un pajar para guardar la paja.

Tenía un coche de juguete. Yo. Un morris, de hojalata, pequeño, de color verde, con ruedas redondas, como todas las ruedas. Me gustaba jugar con mi morris. Lo arrastraba por pasillos y caminos, mientras hacía brrmmm con la boca. De noche, lo aparcaba junto a mi cama, en el suelo. Lo miraba hasta quedarme dormido.

Una tarde fui a jugar al pajar. Con el morris en la mano. Estuve mucho rato, brrrmmm, me gustaba jugar en el pajar. Me llamó para merendar. El abuelo. Siempre llamaba para merendar. Cuando salía del pajar vi que no llevaba el morris en la mano. Disgusto grande, era un niño. Volví al pajar. Rebusqué. No encontraba mi cochecito de hojalata. Solo encontré una aguja, con una bolita de plástico negro en una punta. La miré. Una aguja en un pajar, pensé. Raro. Me gustaba la bolita. Pero no sabía jugar con una aguja, nunca podría sustituir a mi morris verde de ruedas redondas. La tiré a la paja. Sin rabia, nunca tiro las cosas con rabia.

Me seguía llamando para lo de la merienda. El abuelo. Salí. Me dio el bocadillo de chocolate con un dónde te habías metido. Miré al pajar no para responder sino para intentar comprender. Allí se quedaba para siempre mi morris. Y la aguja.

Desde entonces sueño muchas noches con el pajar. Bueno, muchas no, solo algunas.


(Foto robada a María Jesús -Paradela de Coles)

lunes, 1 de agosto de 2011

Brumas


Desde la cima del Cerro Gordo, hacia levante. Las crestas de las montañas se desperezan entre la bruma de la mañana aún fresquita. Pronto desaparecerán sorbidas por un sol implacable.

lunes, 25 de julio de 2011

La acequia


La acequia ("cieca") es el alma de Mayrena y de lo que fue la huerta de Caravaca. El agua que la alimenta surge de la Fuente de Mayrena, después de recorrer kilómetros de rocas profundas calizas. Cantarina, fresca, transparente; un regalo entre tanta aridez. De pequeño la utilizaba como pista de carreras de nueces cogidas de la noguera. Y siempre, para "abuzarme" a beber después de volver de los montes que la acunan.

jueves, 21 de julio de 2011

21.704


Lo he soñado esta noche. A menudo me ocurre, me despierto soñando y me levanto para escribir mi sueño antes de que desaparezca para siempre, diluido en las brumas de mi mente.

Una cumbre, un escorzo humano apoyado en una roca, cuatro manos, un abrazo. Luego, un pequeño prado situado en lo alto, al que el escorzo, las cuatro manos y el abrazo llegan apresurados desde la cumbre. Se les unen dos sonrisas, cuatro caricias, diez miradas. Un regreso al sendero. Tres buchitos de agua del arroyo. Los números, siempre los números.

Luego vienen dos mil doscientos setenta y siete espacios intermitentes de caricias, manos y sonrisas. La magia solo se mantiene si se la bebe a sorbitos. Pero nada es eterno, hasta la magia intermitente termina un día. Una lágrima amarga bajo la tela de hierba y, cerca, dos latas de cerveza, las últimas, vacías. No sustituíbles.

Y un número que se repite cada verano y que al final se convierte en un décimo de lotería de navidad que nunca toca.

Leo. Extraño sueño, ni yo lo entiendo, mezcla de olores, sabores, cifras, sentimientos que me sumergen en el caos de los cómos. Y de los números, siempre los números; me persiguen intentando hacerse humanos, sensibles. A veces lo consiguen, la matemática y la poética se unen en lo esdrújulo.

Mañana subiré despierto al prado soñado para intentar encontrar entre su hierba el crocus de mi realidad perdida. O de mi sueño reencontrado.

(Foto: prado y arroyo en la sierra de La Perdiguera, Madrid)

lunes, 11 de julio de 2011

El encuentro


Juan vivía en una ciudad situada al norte de la Sierra del Olvido. Era un hombre solitario. Alguna mujer hubo en su vida, pero su soledad enraizada, su independencia y su amor a la libertad siempre mataban la convivencia. Necesitaba una mujer que fuera como él, con sus mismos gustos y manías, soñaba con ella, la inventaba cada noche.

Nuria vivía en una ciudad situada al sur de la Sierra del Olvido. Era una mujer solitaria. Algún hombre hubo en su vida, pero su soledad enraizada, su independencia y su amor a la libertad siempre mataban la convivencia. Necesitaba un hombre que fuera como ella, con sus mismos gustos y manías, soñaba con él, lo inventaba cada noche.

Un domingo, Juan decidió subir a la sierra del Olvido. Le gustaba subir montañas. Se levantó temprano, se vistió la ropa verde oliva que le gustaba llevar en el monte, preparó la mochila azul, desayunó leche fría y cereales. En hora y media estaría en la cima.

Un domingo, Nuria decidió subir a la sierra del Olvido. Le gustaba subir montañas. Se levantó temprano, se vistió la ropa verde oliva que le gustaba llevar en el monte, preparó la mochila azul, desayunó leche fría y cereales. En hora y media estaría en la cima.

Juan ya veía el perfil del vértice geodésico de la cumbre. Llegaría y se sentaría en la piedra solitaria, desde la que le gustaba contemplar los valles y las llanuras lejanos.

Nuria ya veía el perfil del vértice geodésico de la cumbre. Llegaría y se sentaría en la piedra solitaria, desde la que le gustaba contemplar los valles y las llanuras lejanos

Juan remontaba la última cresta... y la vio: una mujer vestida de verde oliva, con una mochila azul, sentada de espaldas en la piedra solitaria. Sorprendido, se detuvo y se agazapó para no ser visto. 

Así transcurrió un rato, ella sentada sin verlo, él mirándola en silencio. 

Finalmente, Juan dio media vuelta y comenzó a bajar la montaña despacio, muy despacio, procurando no hacer ruido para no ser descubierto por aquella mujer que había usurpado su lugar.

(Foto: en la cima de Revolcadores - Murcia)

lunes, 4 de julio de 2011

El tornillo perdido (Concurso Paradela-Julio 2011)


Miré sorprendida la hierba de la parcela. Estaba muy alta, llovió mucho en primavera. Decidí segarla. Arranqué el corta-hierbas al quinto intento, como siempre, y comencé a arrastrar el ruidoso cacharro, arriba y abajo. Mis dos caballos, Chupa y Cisco, me miraban; siempre me miran cuando me ven zascandilear por allí. Olía a hierba segada.

¡Qué a gusto estoy en este lugar! Hace tiempo rompí amarras, dejé la ciudad, sus ruidos, sus prisas, sus malos humores, sus malos amores, su congestión, y me vine a vivir aquí, sola, ante la incomprensión general. —Estás "zumbá", te falta un tornillo— me decían. Aquí me he hecho huertana, mecánica, agricultora, ganadera, jardinera, hasta tengo una piscina para nadar unos largos. Y mis caballos. Y un perro. Y un tractor. Y cantidad de amigos para los que siempre hay un cacho de empanada, una botella de vino, una palabra y una sonrisa. Soy una mujer feliz.

En esas cosas iba yo pensando cuando las aspas de la máquina hicieron un ruido extraño, como de haber chocado con algo, y se caló el motor después de toser dos veces. Cisco no dejaba de observarme. Chupa no; me suele observar menos. Levanté el cacharro por un lateral y ví el motivo de la avería: un tornillo, grandote, había pegado contra las aspas. Lo cogí y lo miré pensando de dónde podía proceder ¿Del tractor? No, el tractor tenía todos los tornillos en su sitio.

Entonces recordé... me toqué la cabeza y, un poco por encima de la oreja izquierda, disimulado entre el pelo, palpé el hueco. Allí podía caber el tornillo. Lo aproximé al boquete, apoyé el borde, empecé a roscar, y comprobé que encajaba a la perfección. Apreté a fondo. Cisco y Chupa me seguían mirando, algo perplejos pero no tanto, están acostumbrados a verme hacer cosas raras.

Con el tornillo ya apretado, mis pensamientos cambiaron. Me sentí más otra, menos yo, más grey, menos personal, más infeliz, más incómoda, peor... Me asusté. Sin dudarlo un instante, desenrosqué el tornillo y lo lancé violentamente por encima de la valla que me separa del vecino, el de las gallinas. Espero no volver a encontrarlo jamás (y no haber matado alguna gallina del tornillazo) Volví a arrancar el motor al quinto intento, como siempre, y seguí con mi faena, satisfecha, liberada y canturreando el veinte de abril de los Celtas Cortos. Cisco no dejaba de mirarme.

(Fotos realizadas por María Jesús y usurpadas de su blog "Paradela de Coles")

lunes, 27 de junio de 2011

El escritor


Escribía. La pluma se movía ágil sobre la página blanca. Me asomé por encima de su hombro y leí lo que estaba escribiendo:

... como si en el engendramiento de los benjamines los padres pusieran siempre menos atención y empeño y fueran más negligentes a la hora de transmitirles las semejanzas, que quedan en manos de cualquier antepasado caprichoso... 

Le pedí la pluma. Interrumpió la escritura, me miró y me la ofreció. La apoyé sobre mi papel, pensando que fluiría sola como la había visto fluir sobre el suyo. Pero no fluyó, se quedó estática, esperando quizá una orden de mi cerebro que no le llegaba. Solo me regaló un borrón, como imagen materializada de lo que le transmitía mi mente.

—¿Cómo se hace para escribir? —, le pregunté al escritor.
—Todo está escrito en los árboles, en sus hojas, en el viento, en el mar: solo hay que saber leerlo y pasarlo al papel—, me contestó.

Miré las hojas del rebollo que teníamos enfrente. Solo vi hojas. Y un insecto que pululaba entre ellas, quien sabe si también buscando alguna frase escondida en la fronda. Ninguna palabra, ninguna expresión. Hojas.

Le devolví la pluma al escritor, lo mío no es saber leer árboles, vientos o mares. Y me incliné de nuevo sobre su hombro. En su mano la pluma fluía de nuevo, libre:

...que de pronto ve la ocasión de perpetuar sus rasgos sobre la tierra y se inmiscuye para otorgarlos a quien aún no ha nacido, o mejor, al que está siendo concebido...

(Foto: hoja de rebollo, Miraflores. Textos en cursiva extraídos de “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías)

lunes, 20 de junio de 2011

La fase perdida


Es duro pasar sin transición de la luna llena a una luna inexistente, solo recordada. Sin recorrer antes una luna menguante que hubiera hecho más llevadero el tránsito. Me rebelo, pero la pasión debe de ser así. Aparece de golpe cuando no se la espera, y de golpe se esfuma, humo, dejando en su lugar oscuridad. Del diez al vacío, del rojo al gris, del todo al porqué. Y la esperanza de volver a gritar un nuevo creciente lunar en esa luna rota se diluye cada madrugada en lágrimas desesperadas, inútiles, sólidas, sin sentido ni futuro.

(Foto: rizo y lunar)

lunes, 13 de junio de 2011

La miraba a luna el que sapo


En charca vivía del arroyo, una del monte cerca. Absorto, hacia cada bocaza su noche miraba y asomaba del agua, fuera lo alto. Como los ojos tristes, si algo estuviera enamorado. Le preguntó al atardecer un zum libélula, se le acercó tan abstraído y verlo volando, una. Miras poeta, ¿luna la sapo?. Un dio, dijo el sapo la libélula y salto sí se comió.

lunes, 6 de junio de 2011

Infarto de pitocardio


Fue mi compañero inseparable desde que tengo uso de razón. Siempre ágil, dispuesto, nervioso, vivo. A veces yo lo solicitaba a él; otras era él quien me requería a mí ilusionado. Nunca me falló, nunca le fallé, fuimos como esos amigos leales que todos anhelamos tener. En ocasiones, reconozco, abusé de él; a menudo fue él quien se excedió conmigo. La amistad es eso, sacrificarse el uno por el otro, estar “ahí”, acudir a la llamada sin condiciones, forzarse por ayudar hasta los límites de lo físicamente razonable.

Hasta ayer. Ayer comprobé que había ocurrido lo que ya me habían avisado las-gentes-que-siempre-avisan-de-estas-cosas: “Ojo, no abuses, a su avanzada edad es posible que en cualquier momento le dé el temido infarto: el infarto de pitocardio”. Y sucedió. El momento exacto del infarto no lo detecté, solo sé que al llamarlo no acudió como hizo siempre. Las circunstancias eran las idóneas: amanecida, habitación en penumbra, tranquilidad, susurro, piel sensual... Pero fue inútil, no respondió a mi angustiosa llamada ni a los ejercicios boca a boca que se le practicaron.

Y así sigue desde entonces: pansío, abatido, inclinado, con la mitad de sus dos funciones –la más agradable– eliminada. Viéndolo, me parece injusto que él se haya ido y yo siga vivo aunque muy tocado por su ausencia. Por eso llevaré conmigo su cadáver colgante –como esos monos que cargan con los despojos de sus crías empeñados en negar la evidencia de su tránsito– hasta el día en que yo también vuele al mundo de la indiferencia en el que él ahora vegeta.

Pero si algún día renace de sus cenizas como ave fénix milagrosa y vuelve a mirarme a la cara, que sepa que lo recibiré con fanfarrias, ramos de olivo, cohetería y pancartas, y lo volveré a llevar de paseo triunfal por esos lugares mágicos donde tanto le gustó medrar, hurgar, inmiscuirse, rebuscar, investigar, enamorarse.

(En la historia de cada hombre hay dos mujeres inolvidables: la primera con la que funcionó y la primera con la que dejó de funcionar. Foto: flor de lirio "pansía")

lunes, 30 de mayo de 2011

La gallina


La gallina estaba en el pasillo. Al pasar junto a ella, se abalanzó sobre mí y me mordió un ojo.

La hembra del gallo, de menor tamaño que este, de cresta pequeña o rudimentaria, con cola sin cobijas prolongadas y tarsos sin espolones, estaba en la pieza de paso larga y angosta del edificio. Al pasar junto a ella, se inclinó hacia delante hacia mí y me clavó los dientes en un órgano de la vista.

El animal de sexo femenino del ave del orden de las Galliformes de aspecto arrogante, con la cabeza adornada de una cresta roja, carnosa y ordinariamente erguida, de pico corto, grueso y arqueado, carúnculas rojas y pendientes a uno y otro lado de la cara, de menor tamaño que aquel y de carnosidad roja sobre la cabeza pequeña o rudimentaria, con la extremidad posterior del cuerpo y de la columna vertebral sin las plumas pequeñas que cubren el arranque de las penas del ave prolongadas, y la parte más delgada de las patas que une los dedos con la tibia sin las apófisis óseas en forma de cornezuelo, estaba en el espacio largo y angosto de paso entre los tabiques de la construcción fija hecha con materiales resistentes. Al pasar junto a ella, se apartó algo hacia adelante de su posición perpendicular al suelo, hacia mí, y me clavó los cuerpos duros engastados en sus mandíbulas y que sirven como órganos de masticación o de defensa, en la parte de mi cuerpo animal que ejerce la función de ver.

El ser orgánico que vive, siente y se mueve por propio impulso del sexo femenino del animal vertebrado, ovíparo, de respiración pulmonar y sangre de temperatura constante, con pico córneo, cuerpo cubierto de plumas, con dos patas y dos alas aptas por lo común para el vuelo, del orden de las Galliformes y de aspecto altanero o soberbio, con la parte superior del cuerpo, en la que están situados algunos órganos de los sentidos e importantes centros nerviosos, adornada de una carnosidad roja ordinariamente erguida, de parte saliente de la cabeza compuesta de dos piezas córneas, una superior y otra inferior, que terminan generalmente en punta y sirven para tomar alimento, corta, gruesa y arqueada, carnosidad de color rojo vivo y naturaleza eréctil y pendientes a uno y otro lado de la parte anterior de la cabeza, de menor tamaño que aquel y de carne irregular roja que sobresale de la parte superior del cuerpo en la que están situados algunos órganos de los sentidos e importantes centros nerviosos, pequeña o rudimentaria, con la parte extrema o última posterior del conjunto de los sistemas orgánicos que constituyen su ser y de la columna vertebral sin presentar prolongaciones en las piezas pequeñas de que está cubierto el cuerpo y que cubren el arranque de las penas del animal vertebrado, ovíparo, de respiración pulmonar y sangre de temperatura constante, pico córneo, cuerpo cubierto de plumas, con dos patas y dos alas aptas por lo común para el vuelo, y la parte más flaca, cenceña o de pocas carnes de las patas que une los apéndices articulados en que terminan el pie con el hueso principal y anterior de la pierna que se articula con el fémur, el peroné y el astrágalo sin las partes salientes del hueso que sirve para su articulación o para las inserciones musculares en forma de cornezuelo, estaba en el espacio largo y angosto de paso entre las paredes delgadas que sirven para separar las piezas de la construcción fija hecha de cada una de las materias que se necesitan para una obra resistente. Al pasar junto a ella, se apartó algo hacia la parte anterior de su posición que formaba un ángulo recto con la superficie artificial que se hace para que el piso esté sólido y llano, hacia mí, y me clavó los cuerpos duros engastados en cada una de las dos piezas córneas que forman el pico y que sirven como partes del cuerpo animal que ejercen la función de masticación o de mecanismo natural por el que un organismo se protege de agresiones externas, en una porción indeterminada del conjunto de sistemas orgánicos que constituyen mi ser vivo y que ejerce la capacidad de actuar propia de la percepción por los ojos de los objetos mediante la acción de la luz.

(Continuará)

lunes, 23 de mayo de 2011

La manipulación


La manipulación es algo cotidiano, habitual; nos soban, nos manosean, nos manejan, nos distorsionan donde quiera que vayamos. Se la practica desde la televisión, la prensa, la publicidad, la política, la iglesia, la familia, internet.

Su última novia lo había abandonado; le pasaba con todas sus novias: lo abandonaban cuando se les agotaban los tequieros reales y los fingidos. Más vale así. Buscando un relevo que aliviara su pena, recurrió a uno de esos lugares virtuales de relación social: “Timex. Encuentra el amor de tu vida. Relaciones serias. Regístrate por el módico precio de 59,99 euros”, rezaba su slogan en internet. Se registró; siempre había necesitado una última novia.

Decía llamarse artemisa 35. Aún no la conocía en persona; solo habían entrecruzado unos pocos mensajes intrascendentes a través de “Timex”, cuando le escribió citándolo en su casa a las doce de la mañana de ese mismo día.

–Ven a las doce, calle Panizo, 29 y tráete una cajita de “Gozamax”–, decía escuetamente su mensaje.

Gozamax, gozamax... pensó ¿qué será eso? Algo para el aperitivo, supuso; y se dirigió al hipermercado “Masbaratex”, cuya publicidad en prensa y televisión, exclama: “¡si no compras en Masbaratex es porque eres tonto!”. No le pillaba cerca de su casa, pero no quería que sus vecinos lo tildaran de tonto si lo veían entrar en el híper de la esquina.

–¿Tienen ustedes “Gozamax”?–, preguntó a la cajera.
–Pasillo del fondo a la izquierda, tercera estantería–, contestó señalando con un dedo indiferente, sin mirarlo.

Y hacia allá se dirigió, atravesando pasillos repletos de productos que se anunciaban en carteles colgados del techo, amarillos con gruesas letras rojas donde se leía “¡el más barato!”, y un precio debajo que siempre acababa en coma noventa y nueve.

Le extrañó que el pasillo indicado estuviera tan lejos de la sección de alimentos, no imaginaba qué se le podía haber antojado a artemisa 35. Llegó: colonias, pastas de dientes, maquinillas de afeitar, desodorantes. –Debe de ser algún tipo de colonia que le gusta–, pensó; y se puso a buscar entre lo expuesto, sin encontrar nada con el nombre de “Gozamax”. Cuando ya se disponía a irse después de escoger una colonia barata (“Brisa Irresistible” figuraba en su etiqueta) para rociarse antes de la cita, qué más le daría a artemisa 35 un perfume que otro, las vió. Las cajitas. Allí, colocadas una al lado de la otra. Con el nombre bien visible “Gozamax” en la tapa morada y, bajo el nombre, la imagen de un rostro femenino en pleno éxtasis.

–¡Leches!– exclamó –, preservativos, la cosa no se presenta mal–

Cogió una cajita después de mirar a uno y otro lado para comprobar que no lo veía nadie, a los hombres siempre les da vergüenza estas cosas. La escondió en el cesto, debajo de la colonia, y se dirigió a la zona de comestibles; quería llevar a artemisa 35 unos bombones, una botella de vino, algo. En el camino fue leyendo los cartelones que colgaban del techo. No se pudo resistir ¿Quién no compra unos pañitos para la cocina “Limpiex” cuando te ofrecen diez al precio de nueve, por “solo” (ponía en el cartel) 9,99 euros? ¿O un limpiacristales “Frotax”, que “se lleva hasta las cagarrutas de las moscas”, por “solo” 3,99 euros? ¿O dos pares de zapatillas “Relaxe System”, si la segunda te la cobran a mitad de precio y además te obsequian una pelotita de goma?

Mientras guardaba cola para pagar, rodeado de personas cada una con su pelotita de goma en la mano, miró de nuevo la dirección de artemisa 35, apuntada en un papel: calle Panizo, 29.

Era un barrio de chalets de dos plantas, con un jardincillo a la entrada; parecía de gente acomodada, le gustó. “Chez Martine, Masajes a los mejores precios. Discreción”, se leía en un cartel de letras doradas situado junto a la puerta del número 29. –Aquí es–, se dijo algo confuso por el cartel, que no entendió muy bien –¿No se llama artemisa 35? Quizá Martine sea una vecina suya fisioterapeuta–, pensó. Lo de la discreción, francamente, no lo comprendió. Pero daba igual, un posible nuevo amor lo esperaba tras aquella puerta. Miró la bolsa del “Masbaratex” que colgaba de su brazo, repleta de cosas inútiles, pero con los “Gozamax” a buen resguardo en el fondo, junto a la pelotita de goma.

Se ajustó la corbata, se echó un roción de “Brisa Irresistible” por el pelo, carraspeó un par de veces, y pulsó el timbre.

(Foto: un pasillo de Alcampo en Madrid)

viernes, 20 de mayo de 2011

La zarza, la pierna y la carretilla (Concurso Paradela-Junio 2011)


La pierna empujaba a la carretilla. Paso a paso.
Pierna y carretilla pasaron junto a la zarza.
La zarza no lo pudo evitar: se lanzó a la pierna y le mordió en el muslo.
La mala hierba fue arrancada y condenada a la hoguera.
Pobres zarzas, sus besos nunca son comprendidos.

lunes, 16 de mayo de 2011

Mi calle


El cohetazo me despierta de forma violenta; son las siete de la mañana. Después de hacerme –y contestarme– las tres preguntas de cada despertada, “¿quién soy?, ¿cómo me llamo?, ¿dónde estoy?”, me visto con parsimonia y me dirijo al balcón, soñoliento. Me asomo. Frente a mí se divisa el contorno añil de la sierra tantas veces recorrida, y una última estrella, Antares, despidiéndose de la noche entre los dos pinos de la cima.

Vivo en el tercer piso de una casa de pueblo situada en una calle poco llamativa y de nombre humilde: Junquico. Corta, estrecha y sin un solo árbol; nunca me he explicado por qué las calles de muchos pueblos del levante español no tienen árboles.

Es el día grande de las fiestas. A esta hora, cada caballo está siendo engalanado en su peña. Justo debajo de mi ventana, en la otra acera, está la peña de uno de ellos, "El Sabina”, grande y negro como la noche que se escapa. Ya está en la calle, vestido de gala, nervioso mientras un mozo lo sujeta del ronzal. Para tranquilizarlo, el mozo lo pasea calle arriba y calle abajo. Los observo desde mi posición cenital. Las luces encendidas de las farolas hacen refulgir las lentejuelas del manto, como si fueran mil luciérnagas apresuradas. Solo oigo el golpeo de los cascos sobre los adoquines y las palabras sosegadas del mozo, que le transmiten calma.

Mi calle es corta, ya lo he dicho; se domina completa desde mi balcón. Ahora el mozo dirige al Sabina hacia donde Junquico se abre en el Templete, el viejo bañadero que en un par de horas será una algarabía, una explosión de color y música. Luego lo hace girar sobre sus patas e inician el recorrido hacia el otro extremo de la calle. Veo el reflejo oblicuo de hombre y caballo en el escaparate oscuro de la inmobiliaria. Cruzan el callejón que conduce hasta la verja del colegio y pasan junto a la puerta roja de la Notaría hasta acabar en el otro extremo, en el aparcamiento del Hospital. Y retornan de nuevo hacia el Templete, mirando ahora el hombre hacia la acera donde se encuentra el portal de mi casa y la entrada al garaje, que no puedo ver desde el balcón. Sonríe. Dirige su mirada hacia el ficus que cultiva el dueño del estanco en un gran macetón de madera; una sola planta en un espacio vacío y gris. Ahora cruzan frente a la farmacia y llegan de nuevo al Templete que poco a poco se va llenando de gente. Y vuelta a empezar, "El Sabina" tiene que estar tranquilo para la dura jornada que le aguarda.

El cielo ya azulea, se empiezan a oír las charangas, huele a fiesta, pólvora y sierra. La peña de "El Sabina” y su sonora charanga vienen a recogerlo. Es el día de los caballos del vino.

Mi calle hoy se cree importante, pero mañana recuperará su tranquilidad habitual, su silencio, su nombre olvidado, su rutina. Nunca fue muy amiga de fiestas.

(Foto: un caballo del vino bajo mi ventana)

lunes, 9 de mayo de 2011

Irse


Irse
sin prisa
ni mirar atrás.
Asumir el nuevo fracaso,
el final de sus caricias
y de sus ganas.
Buscar la lejanía,
hacerse pequeño,
desaparecer.


(Foto: túnel en Miraflores - Madrid)

martes, 3 de mayo de 2011

Los caballos del vino 2011

Este dos de mayo ha estado pasado por agua en Caravaca. Pero ello no ha impedido que salgan a la calle los caballos del vino, una de las fiestas más populares, originales y alegres que he conocido, aunque me ciegue la pasión de paisanaje.


 El caballo Artesano, el que a mí más me gustó, delante del Ayuntamiento. Por aquí pasan todos camino del Templete, seguidos por sus peñas y bandas de música. Alegría a rabiar. Posteriormente se dirigen al castillo, a subiendo a galope la cuesta, que es la parte de la fiesta más "mediática", pero que no refleja en su plenitud el ambiente festero de toda la jornada.

Una de las bandas descansando un ratico, antes de que inicie el desfile hacia el castillo el caballo al que acompañan, en el portal de mi casa.

Y ya estoy oyendo ahora la prueba de micrófonos (Hola, sí, sííí, hola) para el parlamento de los reyes moro y cristiano de esta tarde.